Llega este post un poquito tarde, sobre todo después de que no haya habido
tanta suerte contra el Sevilla que contra el Fulham, pero ahí va: mi intento de post-ismo deportivo:

La luz del sol iluminó durante una semana el
Vicente Calderón (al que, por cierto, echaremos mucho de menos porque ocupa un lugar no sólo junto al Manzanares, sino en nuestros corazones), pues el Atlético, cual ave fénix de entre las cenizas, resurgió de la sequía de títulos para
alzarse campeón de la recién creada Europa League (que
eulez y yo hemos llegado a la conclusión que debería llamarse Copa de Europa, y la Champions, Liga de Europa, o algo así… Para que la gente deje de poner cara de imbécil tratando de recordar cómo demonios se llama).
¡¡¡¡Y allí estábamos presentes unos servidores, sí señor!!!! La incertidumbre comenzó unos días antes, debido a una «
Aschenwolke» o nube de ceniza de ese caprichoso volcán de nombre impronunciable que tiene en vilo los cielos de nuestro viejo continente… Tanto nosotros dos, como los jugadores atléticos, como los rivales de la pérfida Albión, pensamos que la cosa iba a estar difícil para llegar por los aires al norte de las Europas, en la ciudad hanseática libre de Hamburgo donde se celebraba el esperadísimo encuentro. El técnico del Fulham, Roy Hodgson, demostrando muy poca dignidad, dejó caer que
lo mejor sería retrasar el partido (menos mal que no le hicieron caso); los del
Atlético se fueron con un día y medio de antelación; y nosotros cruzamos los dedos para que nube de ceniza no emponzoñara el espacio aéreo español y pudiéramos volar el miércoles, justo antes del partido.

Finalmente, a pesar de los retrasos, conseguimos llegar a Hamburgo, acompañados de la hinchada atlética, que poblaba ilusionada los aeropuertos allá por donde pasábamos. Después de un merecido descanso en el hotel en donde habíamos reservado habitación junto a la estación de Altona, nos dirigimos al HSV Nordbank Arena, el estadio que esperaba expectante la contienda. Al entrar en el metro, los alemanes habían organizado tan bien la cosa que los atléticos tenían que ir por una vía y los fulhameños por otra… Nosotros acabamos con los británicos. Aterrizamos en una parada del
Straßebahn desde donde partían unas lanzaderas que iban directamente al estadio…

¡Impresionante la llegada! El Nordbank Arena se encuentra en mitad de un
exuberante parque y, de entre los árboles, surgió el espectacular coliseo bañado por la luz crepuscular, en el que ya bullían la emoción y la anticipación del momento único que nos esperaba…
Las entradas que teníamos estaban a traición junto a la zona del Fulham, territorio enemigo, aunque al final aquello jugó a nuestro favor, pues no creo que una servidora hubiera soportado a los vocingleros atléticos,todos de los nervios, que hubieran sido una maldición en comparación con los flemáticos ingleses que nos flanqueaban.
Al llegar, un tipo desafinado y medio borracho cantaba el
himno del Atlético, que resultó ser mucho más auténtico que la impersonal cancioncita machacona de los
Black Eyed Peas que les cascaron a los Fulhameños… La afición atlética parecía encendida, aunque desde nuestra posición, se escuchaba más cuando gritaban los ingleses. Después de una extraña ceremonia de apertura en la que el desafortunado portador de la bandera del Atlétic

o se cayó de boca al suelo tras un traspié (provocando la hilaridad de nuestros vecinos ingleses), comenzó el partido, cosa que todos estábamos esperando. El Atlético empezó la escalada hacia la gloria poco a poco, y la primera oportunidad de conquistar la portería contraria llegó en el minuto 11:30, cuando un genial
Kun Agüero cedió un precioso pase al
uruguayo inefable, cuyo remate desgraciadamente se salió por el palo… Nosotros, claro, nos lamentamos, cosa que nos valió las miradas furibundas de los lacónicos hinchas británicos, que poco a poco se irían acostumbrando a que estuviéramos infiltrados en sus gradas…
Avanzaba la primera parte y el Atlético mantuvo el tipo contra los ingleses, que no cejaban en su intento de profanar el portal de ese cancerbero monumental que es
De Gea. Sin embargo, durante la primera parte, el equipo londinense no andaba muy afinado y los balones se les escapaban cielo arriba.

En esas estábamos, después de algún que otro intento de los nuestros, cuando ese pedazo de crack que está hecho Forlán el magnífico recibió un pase picado del argentino sin igual, después de una jugada maravillosa de iniciada por Reyes y proseguida por Simao.
Por desgracia, y como es costumbre de este Atlético sufridor, «el pupas» (o
dem Aua, como lo traducía el periódico alemán
Berliner Morgenpost), Perea cometió un decisivo error apenas cinco minutos después del gol del uruguayo, que les puso en bandeja a los sajones un tanto de Davies.
No podíamos irnos al descanso con la conciencia tranquila de sabernos pseudo ganadores: las cosas todavía seguían en tablas, y todo empeoró al inicio de la segunda parte, en la que fue como si los atléticos se hicieran invisibles e, incompensiblemente, los ingleses comenzaron a dominar el juego. Los adversarios cada vez estaban más cerca del área rojiblanca y Don Eulez, como buen hincha del Atlético, se desanimó, concediéndoles a los contrarios la victoria anticipada, sobre todo cuando Quique Sánchez Flores decidió sacar al aborrecido Jurado y al indeciso Salvio. (A una servidora le daban hasta penita, de lo mucho que se metía Eulez con ellos).
A pesar de todo, el Kun no cejaba en su intento y trató de meterse hasta el fondo de la portería de Schwarzer: nosotros pensamos que teníamos gol, pero nos quedamos con la miel en los labios.
