martes, 23 de abril de 2013

Un botín digno de Sant Jordi


¿Ya ha llegado otra vez Sant Jordi? ¡Parece mentira lo que corre el tiempo! Todavía no he pisado Barcelona (que sería lo suyo), y eso que ganas no me faltan, pero el año pasado tuvimos un día del libro muy agradable en Madrid… Este año, ni Madrid, ni Barcelona, mi día del libro ha consistido en asistir aquí en Lausana a una ponencia en alemán sobre oralidad en la literatura en textos de ficción traducidos FR <> DE, pero eso, si saco tiempo, os lo contaré otro día…

Genial cartel de Sant Jordi de APTIC

Como decía, el año pasado corría una fresca y agradable brisilla en Madrid, y el programa del día del libro era francamente apetecible. Recuerdo que Miguel me dijo que él iba a darse un paseo, y aunque yo también estuve por el centro, no llegamos a encontrarnos. En su lugar, pasé la tarde cazando dedicatorias literario-comiqueras con mi amiga Belén: primero fuimos a Panta Rhei (una de las librerías más interesantes de Madrid, ubicada en el castizo barrio de Malasaña), donde firmaban tres autores de Astiberri. Allí conseguí la dedicatoria de Paco Alcázar en Silvio José, faraón. Después, fuimos andando hasta una librería pequeñita especializada en textos económicos en la que firmaba Espido Freire. Espido llegaba tarde, y Belen y yo nos sentamos en una terracita junto a la librería a beber una caña (No sé por qué, pero tengo un recuerdo muy gráfico de la pelirrojísima melena de Belén sentada en la terraza de esa calle peatonal…). Yo quería llevarme Irlanda, que aún no la he leído, pero no tenían ejemplares (Espido me dijo que en junio saldría una edición especial… Todavía no me he hecho con ella…), así que me llevé un ejemplar de La flor del norte, su última novela, que recomiendo encarecidamente porque me encantó: muy bien escrita, estructurada y documentada, es una de esas novelas con las que deleitarse. Espido me estrechó con fuerza la mano (es una mujer encantadora, llena de energía) y Belén y yo dimos por concluida la caza de firmas de aquella tarde.

Este año, un poco antes de este día de Sant Jordi, he tenido mi particular búsqueda literaria-comiquera. Todavía no me ha dado tiempo a contarlo aquí, pero he tenido la oportunidad de pasarme por el Salon du livre de París, de donde me he traído unos cuantos tesoros (que aún no me ha dado tiempo a catar, lo reconozco).

La edición de Les Misérables de Ediciones

En primer lugar, la joyita de la corona: este invierno, comenté con @irenesalm en Twitter después de pasar por el cine para ver el musical de Los miserables que estaría muy bien darle un tiento a Victor Hugo. Tengo que reconocer que le tenía un poco de animadversión a esta novela, porque en clase de traducción literaria de francés, tuvimos la desgracia de soportar a una pésima profesora que nos torturó durante varias jornadas con Jean Valjean. Disfruté traduciendo uno de los fragmentos iniciales del viaje de Jean Valjean, pero no las clases que vinieron después, por eso dejé lo de leer la novela para otro momento… Ahora, con esta bellísima edición de La Pléiade, creo que no me podré resistir.

La cosa va de mujeres...

Además, caí en la tentación del stand de Albin Michel con una recomendación y un capricho. Mi amiga Ondine Cotto, que estaba trabajando en el stand, me recomendó La femme du miroir, de Eric-Emmanuel Schmitt. No he leído todavía nada de ese autor, así que ya os contaré. El capricho fue La femme de nos vies, de Didier van Cauwelaert, de quien sí leí un par de obras hace años que me gustaron bastante (Un aller simple, L’éducation d’une fée). Además, he oído muy buenas críticas de esta última.

La sorpresa de Javier Cercas

En el apartado literatura española (que también estuvo presente en el Salon du livre de París, aunque su presencia me resultó un poco decepcionante), me pertreché de Riña de gatos, de Eduardo Mendoza, una novela con la que quería hacerme desde hace mucho para catar el Madrid de Mendoza, y una pequeña sorpresa que no conocía: un libro de crónicas de Javier Cercas titulado Relatos reales. Además, tuve la oportunidad de coincidir con Cercas y así me firmó el libro (y unos cuantos Soldados de salamina que regalé por doquier… Es la típica novela que le regalo a todo el mundo siempre que surge la oportunidad: creo que es una lectura imprescindible) y pude declararle toda mi admiración, pues, en mi humilde y reducida opinión, creo que es uno de los grandes escritores españoles contemporáneos.

Sex Life de Zep, un cómic estupendo sobre sexo y sobre la vida en general


Y por último, en lo que toca al cómic, me llevé un ejemplar de Happy Sex de Zep (más conocido por ser el autor de Titeuf), cómic que @eulez y yo descubrimos gracias a El Jueves, porque publicaron todas las tiras del álbum en la revista. Creemos que es la visión del sexo en cómic más realista y divertida (y francesa, para más señas) que habíamos visto nunca: sexo con lorzas, penes grandes o pequeños, pubis más o menos peludos, sexo entre abueletes y entre adolescentes, padres, hijos, parejas, etc… Vamos, lo que es la realidad. Y sí, aquí también conseguí mi pequeña dedicatoria. No puedo decir si Zep me vio el bombo, ¡pero me llevé un condoncete firmado!

Una preciosa foto de la novela de Belinda de Aida


Y para terminar, mi autohomenaje viene de que, sí, gracias a Aptic, yo también me he «ido a la cama» con una lectora, en particular, @aidagda, que ha hecho esta foto tan estupenda para el concurso titulado: «¿Con cuántos traductores te has ido a la cama?» de mi niña, La lavanda silvestre que iluminó París, extraordinaria iniciativa para darles a los traductores de libros un poquito de la visibilidad que se merecen y, desgraciadamente, no tienen.

sábado, 2 de marzo de 2013

El aliencillo

[Aquí va un dibujico que me debe el papá de la criatura de un cactus preñao].


Me pregunto si seré capaz de escribir lo que sigue sin caer en ningún topicazo. Mira que sé que es difícil, pero lo voy a intentar. ;-)

Desde que, una buena mañana, me encontré con esto de aquí


el tiempo ha corrido que se las ha pelado, y yo, la mayor parte del mismo me lo he pasado hecha una caca con eso que todos me dicen que «es normal».

—Me mareo, la cabeza me da vueltas.
—Mujer, eso es lo normal.

—Tengo asco, ganas de vomitar.
Comidas frecuentes, en poca cantidad, mejor sólido que líquido.
(Os juro que este mantra me lo repite la ginecóloga cada vez que me ve. Monótono trabajo el suyo de tener que repetir esto mil veces al día).

—Estoy exhausta, resacosa, sin ganas de nada.
—Nada del otro mundo, ¿ya te han dicho que este trimestre es el peor? No te preocupes, es normal.

—Me ha salido un cuerno verde en la frente y lunares multicolores en el culo.
—Nada, nada, eso es normalísimo, le pasó igual a mi madre/tía/amiga. WTF?

Y no os vayáis a creer que es fácil hacerse a la idea de que tu barriga es el huésped de un aliencillo minúsculo (aunque oye, puestos a tener barriga, cosa que yo he tenido siempre —me viene de familia—, pues si vive alguien dentro, casi como que tienes excusa para sacarla en lugar de pensar disimularla metiendo el ombligo p’adentro)… Y más extraño aún resulta sentir ternura por un bichito que empezó por medir 3,3 mm la primera vez que nos lo enseñaron y ya va por los 5,6 cm.

Y ahora que la cosa se hace cada vez más real (al mismo ritmo que mi barriga y otras partes de mi cuerpo crecen desmesuradamente —ya, ya sé que «es normal», copón—), cada vez me hace más ilu. ¿Que por qué? Pues mira, porque cuando salga de ahí (y no vamos a hablar de eso-en-lo-que-tú-y-yo-sabemos-que-desemboca-un-embarazo, llámalo lo-que-tú-ya-sabes, Voldemort o como te dé la gana, pero no me lo mientes), aprovecharé para leerle muchos cuentos mientras pueda. ¿Que os parece una razón insustancial? Pues otros tienen razones mucho peores (como si, en los tiempos que corren, fuera buena idea en cualquier caso perpetuar una especie tan malucha como la nuestra).

Lo malo es que, claro, de golpe y porrazo estás atrapada entre dos posturas que se odian a muerte (y, en el caso de uno de los bandos, casi que con razón). Por un lado, te encuentras con los anti-niños/embarazos y cualquier cosa que se le parezca, que suelen ser gente muy quemada con los del otro lado: peña que tiene que soportar que la tía Felisa y demás familiares les pregunten ese rancio-repugnante: «¿Y tú para cuándo?» («Para cuando me salga de mis reales partes pudendas, si es que me sale» hay que decirlo más). Vamos, yo lo entiendo, pero tampoco es que yo tenga la culpa de que el resto de la sociedad o tu reloj biológico o ambas cosas a la vez traten de presionarte hasta lo absurdo. Y, además, ponerse radical no hace sino empeorar la cosa, porque parece que las tías sigamos sin poder hacer lo que nos salga de las narices, oiga.

Y claro, por otro lado, está el bando de la ñoñería, la idiotez y el magufismo, todos ellos elevados a la enésima potencia: hasta las funciones corporales más escatológicas se convierten en tema de conversación cursi e idiota (todo el mundo lo sabe, pero nadie lo dice: Las embarazadas son petulantes, engreídas, pagadas de sí mismas o como queráis traducir ese gran concepto de cuatro letras que es «smug»):



De repente, la sociedad te trata como si, por una vez en tu vida, estuvieras haciendo lo correcto: algo maravilloso, especial, casi una obra de arte. En fin, yo no es por desanimar a nadie, pero esto casi es como sacarse el carné de conducir: todo el mundo podría hacerlo si quisiera, y sí: hay gente que no quiere.

Tyto Alba para El Estafador n.º 55 Ser padres

Hay que hacer un gran esfuerzo (yo al menos) por passssar olímpicamente de todas estas mierdas y no tirarte el día entero enumerando las dolencias que te aquejan (que es lo que llevo haciendo yo desde hace tres meses :-P)… Por suerte, tengo una buena guía: este libro de Kaz Cooke está genial para novatos (es algo así como embarazo y Voldemort para dummies: The rough guide to Pregnancy and Birth. The soundest, sanest, wittiest advice you’ll ever get).


En fin, habrá que hacer un esfuerzo por tener vida después de la preñez, pero vamos, yo lo único que sé es que me voy a hinchar a leerle cuentos a este pequeño aliencete de aquí:


Por cierto, ¿tenéis curiosidad por cómo se va a llamar? El papá mierdecilla os lo explica aquí.


lunes, 24 de diciembre de 2012

¿Feliz Navidad?


Admitámoslo: el 2012 ha sido una mierda. Vale que han pasado algunas cosas buenas. Vale que los optimistas empedernidos (y demás ralea) me dirán que hay que mirar el lado positivo de las cosas (¿como los h*j*s de p*t* del anuncio de Campofrío?), pero cada día se hace más difícil: el maldito 2012 se ha llevado a mucha gente buena, nos ha dejado un huérfanos de muchas cosas, nos ha metido el frío dentro... Y no quiero seguir, que me enciendo.

Y, a pesar de todo, aquí estamos, celebrando una vez más la bendita Navidad (aquí me entran ganas de colocar el vídeo de Eric Idle cantando Fuck Christmas... No lo voy a hacer, que me repito mucho). Se ve que hay cosas que no cambian.

Por eso, esto más que ser o pretender ser una felicitación de Navidad es más un deseo porque los que podáis, la disfrutéis. Comed cosas ricas (en la comida sí se encuentra la felicidad), negaos a comer polvorones si no os gustan (no lo hagáis por compromiso, y menos por absurda tradición), empinad el codo si así os lo pide el cuerpo, y plantadle cara a vuestro cuñao si se pone a decir tonterías (que pa eso, entre otras cosas, está la Navidad :-P).

Pos hala, a disfrutar se ha dicho.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Adiós, Miguel

Parece que la vida en el mundo internaútico es superficial y efímera, pero hoy nos ha dejado alguien a quien la comunidad de traductores en tuiter echaremos profundamente de menos, que no olvidaremos fácilmente y que nos deja tristes, porque hoy no puede ser más verdad que se nos ha ido uno de los buenos.


Hoy se levantó el día nublado y lluviosísimo en Madrid, acorde a la noticia que nos esperaba: Miguel Llorens, el traductor financiero, falleció hace dos semanas, y ninguno, metidos en nuestros quehaceres y retrasando quedar o vernos para algún #tratuimad, lo sabíamos: nos habíamos pensado que Miguel se había ido de vacaciones, se había dado un descanso de tuiter y del blog, aunque ya lo estábamos echando de menos...

Como decía, se levantó lluviosa Madrid, esta ciudad que acogió a Miguel durante su último año de vida. Había decidido mudarse para poder darles un trato más personalizado a sus clientes españoles, que le quedaban demasiado lejos allende los mares, o al otro lado del Canal de la Mancha (anteriormente, estuvo viviendo unos años en Londres). Parecía contento de estar en Madrid, y yo tenía muchas ganas de volver a encontrarme con él en alguna de nuestras cenas de traductores, o con cualquier otra excusa, para charlar, porque su charla siempre era interesante. Me sorprendió su modestia: por mucho que fuera un grandísimo profesional y una persona leída y culta, nunca hacía alarde, siempre iba con la humildad por delante, siempre hablaba como los que de verdad saben: con cautela, con tranquilidad y con ese acento venezolano suyo tan melodioso.

Solo lo vi cuatro veces, tendrían que haber sido muchas más... Me arrepiento de no haberme encontrado con él el Día del Libro en abril, que salió a dar un paseo y al final no coincidimos porque yo había quedado con mi amiga Belén... Si me pongo a pensar, creo que me acordaré de él la última vez que lo vi, un caluroso día de verano, en el que le estaba esperando junto a la Mariblanca en Sol, porque íbamos a comer con @lfftrans, @meowtrad, @jmmanteca y @jordibal, que volvía de Alicante. Lo esperé a la sombra de la propia estatua, porque el sol pegaba fuerte, y lo vi venir, caminando tranquilo. Recuerdo que pensé: «¡Se ha vuelto a dejar perilla, como en su foto de tuiter!» y luego, después de que se peleara con su recién estrenado móvil para mardarle un tuit a Jordi, nos aclaramos con los demás y echamos a andar hacia Chueca. De camino allí, como siempre, fuimos charlando de unas cosas y otras; de lo curioso que resultaba el ambiente de los #tratuimad, de cómo son estas cosas de los encuentros desvirtualizadores...

Después de la comida, nos despedimos, hasta la próxima... Ya no la habrá, y lo siento en el alma, porque sé que lo echaré de menos: tanto en tuiter, como fuera de él.

Descansa en paz, Miguel.

lunes, 18 de junio de 2012

El mofongo de La abuela Lola


Últimamente, me estoy dando aún más cuenta que de costumbre de que los traductores somos unos grandes desconocidos. Y no solo los traductores literarios, de libros y demás. La traducción es una profesión desconocida que, entre los que no la conocen (la gran mayoría), está plagada de ideas preconcebidas, erróneas ¡e incluso estrambóticas! Si los traductores intentan cambiar su situación, a veces se encuentran con gente muy ignorante, malintencionada y despiadada que ve autobombo injustificado donde lo que hay no es eso, sino el intento porque los demás comprendan lo que tan bien decía Juan Cruz hace unos días en El País: los autores extranjeros no hablan español.

Los traductores y nuestra solitaria, desconocida y, a veces, desagradecida labor no somos los únicos que padecemos de invisibilidad: da la sensación de que, hoy en día, todo provenga de un origen indeterminado y haya gente a la que le moleste y le irrite profundamente que los traductores afirmemos con orgullo: «¡Yo he traducido esta obra, que también, con permiso del autor, es mía!». Allá ellos a quienes, ignorantes, les moleste: los traductores que llevamos a cabo proyectos largos convivimos con ellos, nos levantamos con ellos, nos acostamos con ellos y buceamos entre sus páginas en busca de la más mínima connotación, la intención del autor, el sentido profundo del texto que nos ayudará a plasmarlo en una lengua en la que no está escrito.


Y todo esto viene a cuento de que hace ya más de dos semanas que salió a la venta La abuela Lola: una novela deliciosa (en sentido tanto literal como figurado) que tuve el placer de traducir durante el verano pasado, ¡así que esta entrada era algo que tenía más que pendiente!

La particularidad principal de esta novela es que su autora, de la que hablaré a continuación, nació en La Habana, aunque vive en California y escribe en inglés (claro, ¿de qué si no iba yo a dedicarme a traducir su obra?). Si la invisibilidad del traductor es manifiesta cuando el autor tiene un nombre extranjero, imaginaos lo que pasa cuando la autora se llama Cecilia Samartin.

Al margen de reivindicaciones de la labor del colectivo traductor, yo tengo que reconocer que, a diferencia de lo que desgraciadamente les pasa a otros (como lo que le sucedió a Joan Sellent con el dramaturgo Edward Albee), he tenido una suerte enorme con mis autores (al menos con aquellos con los que he tenido contacto, aunque haya sido fugaz y, de momento, nunca en persona), porque son un tesoro. En particular, Cecilia Samartin es una mujer muy amable y positiva, con una voz increíblemente dulce y tranquila, y que escribe con un estilo claro y sencillo, pero muy bien hilado y muy emotivo. Espero sinceramente que La abuela Lola tenga muy buena acogida en España (después de haber pasado por países como Noruega y Suecia con un éxito rotundo), porque se lo merece.

La abuela Lola relata la relación especial que existe entre Sebastian, un chaval enfermo de corazón cuya máxima ilusión sería poder jugar al fútbol, y su abuela Lola, una puertorriqueña incansable, una mujer fuerte y dedicida, que adora cocinar y a su familia.

Tengo que reconocer que el título en español me encanta: Mofongo (su título en inglés), que es el nombre de uno de los platos típicos puertorriqueños en torno al que gira la acción de la novela, no hubiera sido tan evocador para los lectores españoles. La abuela Lola es un título genial. Yo creo que a mí no se me habría ocurrido ninguno mejor. Además, la abuela de mi padre se llamaba Lola, y todos en la familia la llamaban así, con lo que el título, entre mi familia paterna tiene más gracia aún.

Traduje La abuela Lola el verano pasado, con un calor insoportable, el aire acondicionado se estropeó y tuvimos que bajar de urgencia a comprar un ventilador para no morir asfixiados, y todos a mi alrededor me contaban que se iban de vacaciones a disfrutar de no hacer nada y de descansar al solecito. De haber sido una novela peor o más aburrida, creo que habría muerto de asfixia o me habría subido por las paredes (he de reconocer que en algún momento, a pesar de todo, estuve a punto). En lugar de eso, sobreviví al calor traduciendo los platos de la abuela Lola y Sebastian, ¡e incluso probé a preparar un mofongo! (que no me quedo nada mal para ser la primera vez, por cierto).


Mi intento de mofongo, después de haber traducido la receta para La abuela Lola

Por lo demás, aparte del aumento de responsabilidad que cae sobre los hombros del traductor cuando sabe que el autor de la novela podrá leer su trabajo, el tener que enfrentarme a personajes cuya lengua materna era el español fue un arma de doble filo: por un lado, si los personajes en inglés hablan en español y yo los pongo a hablar en español, el efecto no será el mismo que en inglés, por supuesto, y toca compensar en otros aspectos, pero por otro, a un nivel más profundo, el hecho de que quien escribía hablara español me facilitó la tarea, pues sus estructuras de pensamiento y sus referentes culturales, aunque estaban expresados en inglés, me resultaban más familiares, creo, de lo que me sucedería con otros autores con los que no existe ese vínculo lingüístico-cultural, cosa bastante curiosa, la verdad.

No puedo contar mucho más a riesgo de destripar la historia que La abuela Lola relata y que vuelvo a repetir: espero que guste mucho, porque merece la pena. ¡Muchísimas gracias, Cecilia, por haberla escrito!

Aquí podéis leer el primer capítulo de la novela. ¡Espero que os guste!

Actualización:

Lo he estado pensando y se me había olvidado contaros algo: en mitad de la traducción de Mofongo, me entró un antojo incontenible por comer un cochinillo asado (probablemente, los que hayáis leído la novela lo entenderéis). Por eso, fuimos a matar el antojo a un restaurante de Madrid estupendo que se llama El pedrusco de Aldeacorvo y tengo prueba gráfica de ello (¡el cochinillo estaba delicioso!).

Los cochinillos de El pedrusco de Aldeacorvo.

Además, aquí podéis leer una entrevista a Cecilia Samartin hablando sobre ella, su proceso creativo, su inspiración y la novela.

viernes, 25 de mayo de 2012

Jean-Louis Besson y Georg Büchner


Edición comentada de Léonce et Léna de Jean-Louis Besson y Jean Jourdheuil

Como ya sabéis, me encuentro de «retiro» a las orillas del lago Lemán, en la preciosa ciudad de Lausana.

Hace unos días, andaba curioseando por Internet y me encontré con que aquí cerca, a poca distancia de casa, está el Centro de Traducción Literaria de Lausana, en la Universidad de Lausana (UNIL). Vi que celebran algunos seminarios y encuentros muy interesantes, y tienen una página web muy simpática, así que me decidí a escribirles, para ver si podía unirme a alguna de sus actividades.

Y así fue: recibí una contestación casi inmediata de su directora, Irene Weber Henking, que rápidamente me invitó a asistir al encuentro con el traductor y actor francés Jean-Louis Besson que tendría lugar al día siguiente (el 10 de mayo). La cosa prometía interesante y, de hecho, lo fue, así que aquí os traigo mis impresiones.

El encuentro con Jean-Louis Besson se encuadraba en el seminario de traducción literaria del alemán de la UNIL cuyos alumnos habían estado analizando en sesiones anteriores la traducción al francés elaborada por Jean-Louis Besson de Leonce und Lena, una de las obras del dramaturgo alemán Georg Büchner.

EL AUTOR

Georg Büchner
Tengo que reconocer que no conocía a este autor y me ha encantado descubrirlo gracias a este seminario y a un experto en él como es Jean-Louis Besson. En Alemania es conocidísimo. Tanto que, de hecho, el Premio Nacional de Literatura alemana lleva su nombre.

Si tenéis curiosidad, leed su biografía: es muy interesante. Lo más destacable de su figura (que sobre todo ayuda a comprender la trascendencia de su obra) es que era hijo de padres ateos (cosa que influyó notablemente en su pensamiento); no solo se dedicó a la literatura, sino que desde muy joven se metió en política, participando en toda clase de actividades subversivas que le valieron tener que exiliarse de Alemania y ser perseguido por traición; que estudió Medicina en la Universidad de Estrasburgo; que llevó a cabo investigaciones biológicas precursoras del darwinismo; y que, finalmente, falleció a la edad de 23 años el 19 de febrero de 1837.

Solo llegó a escribir tres obras de teatro: Dantons Tod (La muerte de Danton), Leonce und Lena (Leoncio y Lena, que fue de la que nos habló Jean-Louis Besson) y finalmente Woyzeck, que quedó inconclusa y fragmentada, y es la primera obra de teatro en alemán cuyos protagonistas pertenecen a la clase trabajadora.

EL TRADUCTOR

La verdad es que fue todo un placer asistir a la charla de Jean-Louis Besson dirigida por Irene Weber Henking. Jean-Louis Besson es traductor, actor y actualmente profesor en la Sorbona. Es una persona interesantísima, muy sabia y un gran experto de la obra de Georg Büchner.

En primer lugar, Besson nos habló de su fascinación por Büchner, un autor del que ha traducido su escasa obra al francés y por el que se nota que siente una gran admiración. Nos contó que la oportunidad de traducir a Büchner se le presentó de manera tangencial, pues sus primeras traducciones, hechas en colaboración con el dramaturgo Jean Jourdheuil, estaban pensadas para ponerlas en escena. Y eso nos lleva a una reflexión muy interesante: no es igual ni está concebida de la misma manera una traducción de una obra hecha para ser representada que escrita para ser leída o traducida al detalle para ser estudiada (en una edición comentada como la que nos ocupaba, por ejemplo).

Jean-Louis Besson se ha enfrentado a todas esas distintas modalidades y lo tiene claro: la mente del traductor no está puesta en las mismas cosas en cada caso. Cuando una obra va a representarse, el director de la obra tiene mucho que decir sobre la traducción (de esa colaboración puede salir algo muy fructífero) y si, además, el traductor conoce de antemano a los actores o el tipo de puesta en escena que se va a desarrollar, puede apoyarse en elementos extralingüísticos muy valiosos que van más allá de las palabras (un gesto, el acento de determinado actor, su gestualidad, etc. son herramientas utilísimas).

En segundo lugar, la edición genérica en papel tiene que centrarse en otros factores. Ha de ser comprensible a la lectura, fluida y sin demasiadas trabas. Por último, la edición comentada permite al traductor incluir información en sus notas que puede ser de mucha utilidad para posibles directores que decidan llevar al escenario la obra en cuestión, pero también, para los curiosos y los estudiosos. Como Besson nos dice, con su edición comentada de sus obras completas así ha sido: algunos directores de teatro le han llamado para preguntarle dudas y hacerle sugerencias que, en muchos casos, dan que pensar incluso al propio traductor y experto en la obra.

En este vídeo podéis ver a Jean-Louis Besson leyendo un divertidísimo texto de Karl Valentin titulado
Teatro obligatorio (en francés).

LA OBRA

La obra que nos ocupaba era Léonce et Léna (traducido en español por Leoncio y Lena). Besson nos explicó que Georg Büchner escribió esta obra para presentarse a un concurso literario y que durante muchísimo tiempo se consideró una obra menor, una mera comedieta romántica de enredo entre dos príncipes de dos reinos ficticios de nombre ridículo.

Leoncio y Lena, en una representación de
la adaptación a ballet
Fue Antonin Artaud quien aseguró que Léonce et Léna era una obra extraordinaria, cargada de ironía y crítica social.

Básicamente, la historia de la obra es la de un príncipe del pequeño reino de Popó cuyo padre le informa de que tiene que desposarse con la princesa de reino vecino, el reino de Pipí. Leoncio, que desprecia la política, decide huir del reino y fugarse a Italia para, básicamente, darse al dolce far niente. Sin embargo, antes de llegar a su destino se topa en una posada con una bella joven de la que se enamora perdidamente. La muchacha no es otra que Lena, que está haciendo exactamente lo mismo que él: huir del matrimonio concertado. Mientras tanto, el padre de Leoncio ha organizado unos fastos increíbles en el reino para celebrar la boda (forzando a sus súbditos, explotados y empobrecidos, a participar en el asunto), y cuando se entera de que su hijo ha desaparecido, decide celebrar la boda «en efigie» y casa a dos maniquíes que habían aparecido por allí. Por supuesto, dentro de los maniquíes se encuentran Leoncio y Lena, que finalmente se rinden ante su destino, que, de algún modo, ha acabado atrapándolos.

Otro cartel del ballet, que me parece precioso.
Besson nos explica que la obra está cargada de préstamos y referencias a Shakespeare (al que Büchner admiraba muchísimo), a Musset, a Goethe, etc. (dificultad a la que, inevitablemente, ha de enfrentarse el traductor); que tanto Leoncio como Lena, como los demás secundarios, son personajes caricaturescos, y sobre todo en él desarrolla dos facetas muy marcadas: Leoncio es soñador, enamoradizo y seductor, pero su posición hace que también sea una persona destinada a ser el pequeño dictador de su reino, por lo que en él mismo hay romanticismo, pero también crítica política.

Según el propio Büchner: «Leoncio y Lena es una comedia dictada por el odio».

Leoncio y Lena es una obra que marca el fin de una época y en la que se conjuga la comedia y el drama, cosa que hasta entonces no era lo más habitual. Es curioso pensar en las revoluciones cargadas de ironía, pero la verdad es que eso no tiene nada absurdo. De hecho, tal y como nos recuerda Jean-Louis Besson, en palabras de Karl Marx: «El fin de una época siempre es cómico».

Podéis leer las obras completas de Büchner en español publicadas por la Editorial Trotta. No sé qué tal estará la traducción, pero, de momento, la editorial ni siquiera menciona el nombre del traductor...

Mañana volveré al CTL para otro seminario, esta vez con Mijaíl Shishkin y su traductor al francés Nicolas Véron, para hablar de su novela Deux heures moins dix. ¡Ya os contaré!